Lanzarote, ¡qué bonito nombre tienes!

Vuelvo a encontrar mi azul, 
mi azul y el viento,
mi resplandor,
la luz indestructible 

que yo siempre soñé para mi vida.

 
Estrofa del poema “Lancelote” de Rafael Alberti dedicado a César Manrique
 
Dicen que uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida. Hoy, a solo 11 días de volver a casa, decido escribirte.
Porque eres el lugar que me acogerá siempre que quiera huir, bajo la mirada atenta de tus montañas y la caricia suave de tu viento me sentiré protegida cuando el mundo al que he salido me derribe. No creas que he olvidado mis primeras palabras, que siguen guardadas en una casa de madera junto al mar. Ni pienses que alguna noche he cerrado los ojos sin ver detrás de mis párpados esa montaña que me vigilaba cuando me iba a dormir. Mucho menos imagines que se han borrado las huellas que cada una de tus personas han dejado en mí, no se borran con la distancia las huellas del corazón. El sonido de tus olas sigue presente en mis oídos, un solo segundo basta para desconectarme de la realidad y transportarme a tu playa y a todo lo que ella implica. Ansío ver cómo la brisa hace cosquillas a los juguetes de viento de César Manrique, cómo los vecinos se quejan por las obras que hacen intransitables los accesos hasta Arrecife, cómo los profesores que una vez fueron míos siguen en el mismo lugar y con el mismo aspecto que cuando me fui. Echo de menos incluso aburrirme y quejarme de que en Lanzarote no hay a dónde ir y en qué emplear el tiempo libre. Echo de menos las playeras, los flejes y los “al finales” que muchos no entienden aquí. Añoro mi almohada, por qué no decirlo, la tienda del pueblo, caminar descalza, los baños en la playa en pleno diciembre, el sol de justicia que condena y que esta Laguna parece rechazar por completo.
Dentro de nada volveré a respirar el alma y la esencia de esa isla, su sencillez y su complejidad, volveré a mi lugar, a mi casa. Y es que a pesar de que ya no vivo ahí, sé que siempre perteneceré a sus volcánes, a sus casas blancas, a sus playas, a su viento, a sus personas,… Porque allí no solo amé la vida, amé personas, momentos, risas y llantos, me ame a mi misma, a mis defectos, a mis errores y a mis historias. Porque hoy no sé a donde voy, pero siempre sabré de dónde vengo.
 
NATALIA G. VARGAS
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