¿Tradición o involución?

 El torero español Morante de la Puebla interpondrá una querella por injurias y calumnias al holandés antitaurino Peter Janssen, quien lo llamó“asesino de animales”. A esto el diestro respondió que él era matador de toros, acto -definido por este como heroico y artista- diferente al de asesinar animales. Si acudimos al diccionario de la Real Academia Española, el verbo asesinar se define como matar a alguien con premeditación, y el torero antes de salir a la plaza sabe perfectamente cuáles son sus intenciones, hacer sufrir al animal hasta que su corazón deje de latir. Lo sabe como lo sabe un barrendero que sale de su casa equipado para limpiar las calles de la ciudad, o como un profesor se dirige al colegio a dar clase a sus alumnos. Lo sabe porque en eso consiste su trabajo. Sin embargo, en el Código Penal únicamente se considera asesino a quien mata a otra persona. Esto lleva a que argumentos como los del torero sean utilizados bajo el respaldo de algo que pesa mucho más que cualquier ley: la tradición.
La tradición se ha convertido en algo irrefutable, generando así conflictos entre aquellos ciudadanos partidarios de eliminar las costumbres que han quedado obsoletas y que no tienen cabida en una sociedad avanzada por la crueldad y la violencia que implican, y los que por el contrario, se han quedado estancados en la creencia de que estos actos son los que conforman la cultura del país al que defienden efusivamente. Es comprensible que a muchos les entren ganas de salir corriendo cuando ven a extranjeros disfrazados de toreros por considerarse este un símbolo representativo de España. Si,tal y como define la RAE, la cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época y grupo social, podríamos declararnos oficialmente como un país con un nivel preocupante de incultura, ya que se debería cuestionar si torturar a un ser vivo hasta la muerte en una plaza abarrotada de salvajes vitoreando al verdugo puede considerarse un alto grado de desarrollo artístico.
En este caso, esta costumbre puede explicarse apelando a la falta de sensibilidad hacia los animales por parte del hombre, creyendo que el ser humano es el propietario único y exclusivo del planeta y con el poder suficiente como para hacer lo que quiera con todo ser que conviva con él. Sin embargo, es aún más difícil de explicar el por qué de las tradiciones en las que las afectadas son las propias personas, como es el caso de la ablación practicada a miles de niñas cada año en países como Somalia, para que así puedan entrar en la edad adulta. ¿ A caso el sufrimiento que padecen las niñas cuando les son realizadas estas prácticas las convierte directamente en mayores de edad?
Las costumbres y las imposiciones que se llevan dando desde los orígenes de la sociedad evitan el progreso, confundiendo la tradición con algo inamovible que debe perdurar hasta el fin de los tiempos. Azul y rosa, camiones y muñecas, balón y escoba,niños y proyecto de mujeres. Desde la infancia se establecen distinciones entre niños y niñas, preparando a estas últimas para las tareas que, tal y como se ha impuesto, deberán cumplir en el futuro.
En definitiva, como bien dice la canción popular canaria (tradición que no afecta ni daña a nadie), dos pasos para adelante y dos pasos para atrás. Esto resume el tira y afloja de la sociedad, que se declara altamente avanzada pero que con sus acciones muchas veces demuestra lo contrario.
NATALIA G. VARGAS
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