Sin echar raíces

Yo, mí, me, conmigo. Sin ataduras, sin compromisos, sin echar raíces. Nunca se sabe dónde puedes estar mañana, el mundo es muy grande como para permanecer estático en un mismo lugar. Planes de futuro, donde, de entre todas, solo una figura se distingue con nitidez: la propia.

No se trata de egoísmo, sino de ambición y expectativas. La estabilidad personal y el equilibrio van primero, como requisitos indispensables que permiten entender todo lo demás. Tampoco hablamos de soledad, sino de mantener a quien te suma, evitando la dependencia, esquivando todo aquello que pueda amenazar los dos pilares que sostienen nuestra templanza.

De pronto la individualidad se choca con las ganas de compartir logros y tropiezos. De pronto te das cuenta de que avanzar en solitario no llena del todo. Que siempre es mejor tener una mano que estrechar cuando el camino se tuerce, o cuando se llega a la meta. Que dos mentes piensan más que una y que dos corazones llegan más lejos que uno. De repente echas la vista al futuro y la ves, rompiéndote los esquemas, haciéndote feliz.

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